Artistas cursis :-: Lo cursi y el arte
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Lo cursi y el arte E-mail
Escrito por Alejandro Malo   
Sábado, 14 de Febrero de 2009 00:00

Dos intuiciones públicas y una reflexión pendiente

recoger piedrecillas de un río sagrado,
estampar becquerianas violetas en los libros
para que amarilleen ilegibles /
—José Emilio Pacheco

recoger piedrecillas de un río sagrado
y guardar violetas en los libros
para que amarilleen ilegibles.
—José Emilio Pacheco

Nos presentamos en sociedad, con el desparpajo de una quinceañera de almibaradas maneras, y ofrecemos una muestra de aquello que cada artista consideró cursi en su propia obra, en muchos casos conscientes de que lo cursi está en la mirada de quien lo contempla. Si en un desplante de sofisticación nos atuviéramos al origen de la palabra: el Kursi norafricano cuyo significado, según el Corominas, correspondería al de silla y se habría aplicado en un sentido similar al de chair y chairman del inglés para denotar una posición de autoridad, deviniendo después en parodia de sí misma; resultaría que quienes creen tener la autoridad para estar libres de cursilería corren el riesgo de serlo siempre, y en más de un sentido.

Nos presentamos, mitad juego —pues según vemos negarse a la cursilería es casi confirmarla—, mitad desplante de quienes se sospechan al margen de los prestigios que el estigma de lo cursi podría mancillar —sea por falta de ambición, exceso de confianza o valentonada torpe, un poco a la manera de “sigo siendo el rey”—,  sin la intención de pontificar sobre lo cursi y el arte que para ello sobran, literalmente, muchos de nuestros intelectuales; sino con la certeza de que lo cursi es a la expresión sentimental lo que el kitsch al buen gusto: una afectación, un juego de simulaciones, una vana gloria del propio imaginario, pero sin dejar de ser una indefinición tanto como un recurso de (auto)descalificación superficial. Debiera ser suficiente, para no tomar ni tomarse tan en serio las categorías estéticas y su apreciación, recordar que Vasari calificó, despectivamente, de gótico al arte medieval porque no ofrecía las cualidades formales que durante su época tanto se apreciaban de la Antigüedad Clásica sino que eran expresiones, según él, de godos, que venía a ser tanto como decir de bárbaros. Pero para lo mismo bien podríamos señalar la intensa promoción que se hace en la actualidad de obras como la de Julio Galán o Jeff Koons, a quienes con mucha dificultad se les podría negar cierto dejo de cursilería.

Por último, tras considerar la alternativa salomónica de aplicar a la exposición los criterios estrictos de sólo aceptar obras que cumplieran, a nuestro aún poco consensuado juicio, con ser cursis y ser arte, nos sentimos confrontados con la inaceptable posibilidad de matar la exposición a fuerza de hacerle recortes, o aceptar que todo se presentara con un criterio más compilatorio que editorial y con la doble finalidad de tener: 1. una muestra más extensa, casi podríamos decir que fenomenológica, de juicios personales sobre la interpretación de lo cursi, y 2. un punto de partida para una nueva convocatoria a debatir, ahora sí con criterios editoriales, una posible aunque improbable definición común de arte. Optamos por la segunda alternativa, pues al aceptar la intuición de que lo cursi está en la mirada de quien lo contempla, no existe argumento contundente con el cual juzgar su cumplimiento cabal dentro de una obra, y sí nos ofrece, por contraparte, la posibilidad de identificar con claridad un grupo de personas que se ha tomado el tiempo de reflexionar sobre el arte y algunas de sus categorías, para invitarlos en una pronta convocatoria a participar en la reflexión pendiente y hacer —un poco a la manera de lo que hizo Alfonso Reyes en su momento por la literatura y con toda proporción guardada— un deslinde en los territorios del arte.
 


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