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Aurora lo vio y no pudo dejar de pensar en él. Fue el mismo día que le quitaron los brackets. Una sensación de angustia le impedía alejarse de ahí. Su noción del color se alteró. Sólo registraba el azul, todos los demás se diluyeron en una gama de grises. Sentía miedo de perderlo, de que otra chica lo tuviera antes que ella. Se fue a casa con una obsesión incontrolable. Sacó sus ahorros, pidió dinero prestado y vendió algunas posesiones.
Cuando reunió lo justo, fue al almacén con la determinación de bajar el vestido del maniquí y meterse con él en el probador. Así lo hizo. La tela se deslizó como si hubiese sido confeccionado sobre su cuerpo. Las pinzas marcaban la cintura, y los senos, la falda caía sobre su trasero con gracia. El azul contrastaba con su pelo, daba luz a su piel, intensificaba el color de sus ojos y resaltaba la boca.
Aurora era una púber de formas aún no definidas. Frente al espejo, embrujada por su propia imagen, no se percató de que el vestido poseía vida propia; la tela flotaba donde hacia falta y se ceñía en el sitio correcto acentuando las virtudes de su cuerpo.
Cuando intentó desvestirse no pudo quitárselo.
La dependienta quiso ayudarla pero fue inútil.
—¿Piensas comprarlo?, porque si seguimos tratando de sacarlo lo vamos a romper. Con más calma, seguro, te lo podrás quitar.
Se fue a casa con el vestido puesto, su camiseta y sus jeans en una bolsa. La gente la miraba y ella se sintió atractiva por primera vez. Buscaba su imagen en cada cristal a su paso. Al llegar se encerró en su cuarto para observarse en el espejo, en una intimidad de reconocimiento que no se saciaba. Sentía adicción por sí misma.
Esa noche era la fiesta de la escuela y Aurora entró sola sin sentirse intimada; estirando el talle y caminando con garbo. En ese momento se dio cuenta cómo rasgaba el espacio al cruzarlo.
—Eso causa adicción —dijo alguien que la vio pasar.
Los chicos que estaban por terminar la preparatoria se acercaron. ¿Por qué no te había visto antes? ¿Dónde estabas?¿Quieres bailar?
Felipe la siguió con la mirada hasta la pista de baile y esperó a que lo percibiera. No se acercaría como los otros. Quería que ella experimentara lo mismo que él, de lo contrario no valía. Aurora, embriagada con su popularidad recién adquirida, no sintió la insistencia visual. Casi cerca de la media noche, justo antes de salir de la fiesta, en las escaleras, se topó con los ojos de Felipe. El vestido se onduló bajo la mirada masculina; el muchacho le acariciaba el cuerpo y Aurora sintió cómo lo recorría. Caminó hacia ella y cuando la tuvo suficientemente cerca, un escalón arriba, le susurró algo al oído.
Al llegar a su casa Aurora no se desvistió. Quizá en ese momento, con un esfuerzo mayor, hubiese podido sacarse el vestido, pero no había espacio para pensar en eso. Enamorada y muy cansada se dejó caer sobre la cama.
A medio día, en una caja de cristal, le entregaron una rosa azul, la tarjeta no tenía el nombre del remitente pero ella sabía quién la había enviado. Esa tarde Felipe la visitaría en su casa.
Aurora no quería repetir la misma indumentaria. Intentó desvestirse de nuevo pero fue inútil. Quizá el agua ayudaría. Untó jabón por todo el cuerpo por debajo y por encima del vestido, pero no resultó.
El capricho azul no salía.
Al mirarse en el espejo el reflejo la sorprendió; se veía estupenda. No necesitaba cambiarse, el atuendo era el adecuado. Cuando abrió la puerta, sólo por un segundo, ella lo vio distinto. Felipe era bajo de estatura y Aurora lo recordaba alto, estaba convencida de que sus ojos eran azules pero, en ese momento los vio grises, sus manos eran delgadas y lampiñas y ella las había imaginado fuertes y velludas, su cabello era lacio y ella recordaba ondulaciones planteadas con brillos azules. Aurora hizo una mueca de desilusión, pero Felipe sonrió y la imagen ideal volvió a su sitio. Por eso cuando, inesperadamente, lo veía entre la gente no podía reconocerlo.
Felipe le abrió la puerta de su volkswagen y Aurora se subió a una carroza tirada por caballos. Su hermano, que iba de chaperón, era invisible; en el Lynis de San Angel Felipe lo sentó en otra mesa con una copa de helado de chocolate coronado de crema chantilly y un montón de cómics de Archie, que compraron en el puesto de la esquina.
La tesitura de la voz de Felipe la hipnotizaba. Coincidieron en que les gustaba la música de Carol King y fumaron los mismos cigarrillos. Se cohibieron en incómodos silencios que rompían con intervenciones tontas que ambos escuchaban como si fueran los discursos de un sabio. Se rieron por boberías y se miraron de hito en hito sin observarse de veras. Una seducción azul los envolvía. Se citaron el próximo fin de semana en el boliche. Y dos semanas después se hicieron novios.
Aurora cantaba y bailaba todo el día, besaba a sus hermanos y a sus padres, era generosa con la gente y aseguraba que la vida era una maravilla. Nunca se había sentido tan hermosa, tan segura y tan buena.
Esto es para siempre, pensó.
Pero tres meses después el sueño azul se interrumpió.
—Necesito hablar contigo— dijo él por teléfono.
Sentados en la terraza de la casa de Aurora, Felipe no la tomó de la mano, tomó la palabra, la iniciativa y la decisión. Ella guardó silencio hasta que el monólogo terminó. No podía hablar, lo que le estaba sucediendo parecía irreal. La tela del vestido palidecía conforme Felipe explicaba que quería romper la relación. Un tono marino, muy oscuro, formado por el llanto contenido, invadió el corazón de Aurora y se expandió por todo el cuerpo; por eso no recordaría cuáles fueron las razones de la ruptura.
A pesar de la pérdida la seducción azul no se decoloró. El vestido fue recuperando su tono original. Y es que después de Felipe inició la larga lista de pretendientes que restablecieron la magia perdida. En cuanto terminó el noviazgo con él, llegó otro y después de éste otro más. La tristeza se diluía en el tiempo y se consolaba con el amor de otros chicos. Su recámara se pobló de muñecos de peluche, y la cara de sus hermanos de barros por los chocolates que devoraban cada vez que un nuevo enamorado caía en las redes de su seducción azul. Sus libros rebozaron de pétalos de rosas secas que guardaba como tributo a su popularidad. Ninguna volvió a ser azul. Poco a poco sus padres fueron más permisivos, y Aurora se volvió coleccionista.
Coleccionaba pretendientes.
Al salir de la regadera Aurora juraba emanar un suave aroma a Nomeolvides. A pesar de que nunca se quitaba el vestido, el color no se desteñía ni la tela se deterioraba, repelía las manchas como si estuviera confeccionado con hilos inalterables. Le bastaba amoldarlo con las manos para darle nuevas formas: liso o plisado, ampón o entallado, con escote o cuello alto, las mangas cortas o tres cuartos, por las noches sin ellas. El cuerpo de Aurora se desarrollaba. El vestido embarnecía con ella.
La seducción azul se fue refinando con el tiempo. Los hombres la trataban con deferencia y respeto. Aurora ponía atención a cada desplazamiento de sus manos, de sus piernas, de su cuello, de sus caderas. Acomodaba su pelo acariciándolo con la mano, como si tocarse ella misma fuera un placer inigualable. Sus movimientos eran lentos y conscientes del instante que los componía. Parecía disfrutarlos como quien sabe que no se repetirán jamás. No había quien le igualara el color. Ninguna relación duró menos de tres meses, ni más de tres años. Ya nada penetraba su coraza azul. Debía ser libre para seducir aunque la seducción fuera su yugo. Entre la tela y su piel se desarrolló una alquimia que la protegía de enfermedades, de embarazos y dolores.
Incluso de enamorarse otra vez.
La presencia de una nueva pareja no alteraba ni disminuía la fuerza de su poderoso imán. Con el tiempo la desconfianza aparecía en los ojos de ellos y se volvía paranoia. Entonces Aurora dejaba de comer y adelgazaba hasta que cabía entre los barrotes de la jaula que construyen los celos. Aquella membrana no había sido confeccionada para permanecer en cautiverio. De tan delegada nadie la veía salir.
La alquimia azul no tardaba en compensar las formas perdidas. Al poco tiempo los cambios en el vestido se hacían patentes. El corte se volvía más elaborado, la textura de la tela más sedosa y el matiz más profundo.
En un café de la colonia Roma se le acercó un pintor. Un tipo introvertido de mirada intensa que se sintió atraído por el tono del vestido. Él le habló de su obsesión por la gama de azules y por hacer él mismo sus pigmentos. Ella de su visión monocromática y su obsesión por involucrarse sólo con hombres que se llamaran Felipe.
—Entonces podrás apreciar mi obra porque yo sólo pinto en azul. Te espero el próximo miércoles en mi estudio.
El pintor hizo pruebas para igualar el tono, mezclando en diferentes proporciones cyan, índigo, prusia y blancos pero no lo encontró. Obsesionado, cubrió a Aurora de aceite y la envolvió en paños calientes para hacerla sudar; con una espátula retiró las sustancias para fijarlas con linaza. Logró el tono exacto al combinar una pequeñísima porción de este óleo, de un azul muy tenue, con los de línea.
El día de la exposición ella lo vio de nuevo. Tardo en reconocerlo. Vestía un traje azul marino, impecable. Un yugo de oro y lapislázuli sujetaba el cuello de una camisa perfectamente planchada. Un yugo mental, del que no parecía ser conciente, lo hacía permanecer extasiado frente a la obra. La imagen era un espejo inverso.
—Es él, el coleccionista; mi mejor cliente. —afirmó el pintor, señalándolo —No puede dejar de comprar las nuevas obras. Acércate querrá conocerte.
—Sí, es él —pero Aurora no se acercó.
—¿Quién es la modelo? —preguntó el coleccionista.
—Es ella —el pintor señaló con titubeos a una mujer que creía cercana y que estaba a punto de salir.
El hombre sonrió y el vestido se onduló bajo la mirada masculina; Felipe le acariciaba el cuerpo con los ojos y Aurora sentió como lo recorría. Él caminó hacia ella abriéndose paso entre la gente. Traía en el ojal del saco una rosa azul.
—“El coleccionista”. —susurró ella para sí —Adicto a la primera vez, adicto a la seducción.
Aurora salió de la galería para perderse en la calle bajo una llovizna azulina. Cuando Felipe llegó a la puerta la mujer se había confundido con el agua.
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