Artistas cursis :-: Verso y prosa :-: La llave
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La llave E-mail
Escrito por Eddie Abramovich   
Sábado, 14 de Febrero de 2009 00:00
La Urraca Ladrona
Aula y praxis

No soy Tinto Brass.

Ni Frank Finlay. Ni la hermosísima Stefania Sandrelli; confieso que en una harto improbable reencarnación, de ser mujer, elegiría ser como Stefania.
No, mi llave es más prosaica, radicalmente carente de poesía, de erotismo, de romance.

Es una llave Sica de dos fases y 40 amperios. Blanca, para colmo. Una llave de corte de electricidad. Una llave inenarrable, incantable, imposible de exaltar a un escenario, impenetrable al cálamo o al perfume. Una llave de mierda.

Cerca de este mediodía, cuando estaba por volver a salir luego de volver a entrar, súbitamente se cortó la luz de mi casa. Súbitamente es un adverbio ocioso, lo sé, pero además de su carga retórica, debemos admitir que - con escasa frecuencia - la luz se corta a veces con alguna gradualidad, que suele comenzar con un guiño de advertencia.

Mis plazos a esa hora eran mínimos, microscópicos. Lo único que me habitaba era la urgencia. Me esperaban para iniciar un trabajo grupal, complicado, en una organización gubernamental, complicada, con personas complicadamente desapegadas respecto de sus tareas, objetivos y funciones, cuyos jefes están complicadamente desorientados respecto de los fines mismos de la organización. Un trabajo para Superman, o para El Chapulín Colorado, o para Eddie, que tiene algo de superman, especialmente en eso de vivir sumergido en kryptonita verde.

De modo que, a la misma hora en que la luz se cortó súbitamente, acompañando el ruido típico de cese de los equipos - heladera, freezer - con ese otro ruido típico que hacen las llaves térmicas al decidir, en un histérico "clap", la clausura del fluido energético, a esa misma hora, decíamos, sólo la urgencia por volver a salir con rumbo a mi cómicamente heroica misión ocupaba el escaso espacio de mi mente.

Clic, brum, clap, y yo quedé también inmóvil, inerte como la heladera y el teléfono inalámbrico. Sólo la notebook permaneció vital e indiferente, gracias a que en ese nanosegundo la batería autónoma ocupó el lugar abandonado por la corriente del enchufe. En mi living-estudio-biblioteca, con las persianas bajas, la luz de la pantalla se veía como la ventana de un acuario.

Los hombres que vivimos solos - y también las mujeres que viven solas, claro - no tenemos en quién delegar tales asuntos mientras corremos a cumplir con nuestros oficios alimentarios. Y, tratándose de la luz, menos aún podemos diferir la cuestión. Porque cuando volvamos a casa ya va a estar oscuro. Esto debe resolverse ya, ahora mismo.

Primer paso, revisar las variadas, múltiples llaves térmicas que se alinean en un paranoico disyuntor. Están todas en orden, ninguna se ha movido de lugar. Como los aviadores de las películas que percuten con los dedos contra los indicadores de aceite o de combustible, bajo y subo las llaves, y giro el dial incomprensible que está a la izquierda, tan sólo para confirmar que no hay magia; la luz no vuelve con tales conjuros.

Segundo paso -no dejo de ojear el reloj mientras hago todo esto - ir hacia esa otra caja, más arriba, más cerca del cielorraso, donde se oculta la otra llave, La Llave. Me he encaramado y ya sostengo la llave, en la que obscenamente entran gruesos cables que vienen de una umbría dimensión en el muro, y salen otros que se pierden en el mismo muro, pero del lado opuesto. Oprimo, jalo, empujo; nada se mueve.

Desenchufo todo lo enchufable y apago todo lo apagable. Vuelvo a intentar, y la tosca y frígida llave sigue indiferente. Sus teclas, como fideos mojados, no se quedan en ningún lugar.

Bajo al sótano. Caminando por entre telarañas, siento que Superman se transfigura en Drácula, pero ni aún eso me parece romántico. No me siento escrito por Bram Stoker a la luz de una vela sino más bien narrado por Landriscina a la sombra de un quincho cola de pato.

Me paro frente a las llaves maestras y encuentro la de mi departamento. Una llave gorda, dos gordos tapones roscables. Invierto la posición de la llave y reviso los fusibles dentro de los capuchones bronceados. Todo está espantosamente bien. Espantosamente, porque si estuviera mal, bastaría con cambiar un filamento para resolver el problema.

Tomo entonces la decisión desesperada. La incorrecta, por supuesto. La que me va a hacer perder más tempo aún.

Lo llamo al encargado. Muchos de ustedes tienen en sus edificios encargados amables, proclives a las gauchadas, que se dan maña con estas cosas. Yo los conozco, porque los tuve también. No es el caso de este edificio. Eufemio - no se llama así, sino algo peor, pero no voy a usar esta página para delatarlo -es un verdadero inútil, y encima carece de todo espíritu solidario.

Con todo, acepta ingresar a mi cocina, se sube a una silla, alcanza la llave que está por encima de la heladera, e intenta también ponerla en servicio. Nada.
Sin insistir, sin imaginar, sin ejercer para nada el pensamiento lateral del que alguna vez me he valido para otros menesteres, me entrego a Eufemio. Le digo que me tengo que ir y que llame a un electricista de su confianza, porque yo no tengo uno. Me dice que "va a ver si...logra...por ahí..que venga...un chico...que a veces...los jueves...anda cerca...pero tarde". Vale, Eufemio, que venga The Manchurian Candidate, me hipnotice y me sodomice, pero quiero luz esta noche.

Invirtiendo más de 25 pesos de taxi llego a tiempo - de hecho, antes de tiempo - a la reunión de trabajo. Presento el asunto. Mi co equiper - viejo amigo, solidario, caballero - ve mi translúcida cara de orto y pregunta, por lo bajo, qué me pasa. "No tengo luz en casa", susurro. "No seas boludo y rajate cuando empiecen los ejercicios, yo me encargo", susurra él, viejo lobo de mar, hombre-que-vive-solo, hermano del alma.

Emprendo el regreso. Entro en la farmacia de Tito, por Scalabrini - Tito es un grande, farmacéutico y sociólogo, fanático del tenis, venerador de Pink Floyd - y le ruego, con voz quebrada "Tito, recomendame un electricista, pordió!" Minutos después, lo estoy llamando a Carlitos, que me promete visitarme en dos horas.

Durante esas dos horas, me dedico a revisar nuevamente llaves y tomacorrientes, y descubro entre estos el posible generador de los males; lo destripo para dejarlo inactivo. Vuelvo a la llave. La miro. Dejo de mirarla. La miro otra vez. La llave no me mira, pero yo siento que me mira, socarrona, sobradora. Llave de mierda. La miro pero no la toco, me niego a repetir el exorcismo de la mañana; ya llamé al electricista, que él se encargue.

Carlitos llega con una pasmosa puntualidad. Le describo el cuadro. Coincide con mis observaciones. Se sube a una silla, al lado de la heladera, igual que Eufemio. Pero no igual que yo, porque yo nunca me subí a una silla, hice todos mis intentos desde el suelo, confiando en el largo de mis brazos primero, o confiando después en Eufemio. Carlitos toma la llave, La Llave, y hace fuerza, primero sobre una tecla, y luego sobre la otra.

Fiat lux!

Ebrio de luz, comienzo a encender cuanto artefacto eléctrico se cruza en mi camino. Justo en el momento en que el sol se oculta, la luz eléctrica vuelve a fluir en mi casa.

Le pregunto a Carlitos por qué yo no pude empujar las teclas, y le cuento cómo lo intenté varias veces. El electricista me dice que hay que hacer fuerza, claro, y que en la posición en la que yo manipulaba la llave seguramente no ejercía la presión suficiente. Le pregunto por qué no pudo Eufemio, que sí se subió a una silla. Carlitos suelta una risa seca. El a Eufemio no lo conoce, pero en la risa seca de Carlitos está el diagnóstico: Es un inútil. Tratando de excusar a Eufemio, le explico a Carlitos que yo destripé un tomacorriente, pero me dice que no, no es eso, y vuelve a soltar su risa seca.

Carlitos se niega a cobrarme y me dice que cuando quiera revisar llaves y enchufes y poner todo en orden lo llame. El también es encargado de un edificio. Y es acá cerca. Al lado del café Varela-Varelita.

Se va. Me quedo mirando un rato la llave, que ya no me mira con sorna, sino con obediencia.

Enciendo la notebook y digo, lo único que puede justificar esta tarde absurda es escribir sobre la llave.

La Puta Llave.
 


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