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Somos:Proyecto permanente, sin objetivos finales ni delimitaciones definitivas, mitad reflexión formal sobre el entorno del arte y la cultura, mitad juego de intercambio de opiniones, como piezas de un ajedrez ...

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De este lado del mar

{tab=Presentación}DE ESTE LADO DEL MAR recoge varias historias de una sola historia …la mia. He ido colectando datos para hacerme una idea de esta historia en la cabeza que después se ha ido transformando en un vi-deo que a veces no tiene mucho que ver con la realidad pero si con lo que yo me imagino de esa realidad, porque para mi ha sido una gran carencia la falta de anécdotas familiares y de conocimiento de los antepasados.Información adicional sobre este documental en este enlace.{tab=Quicktime}Versión Quicktime, duración aproximada de 30 minutos.Ver video QuicktimeNota: se recomienda esperar a que cargue el video completo para no interrumpir su reproducción.{tab=YouTube}Versión YouTube, duración aproximada de cada segmento de 10 minutos, total de 30 minutos.Videos individueles: -: parte 1 :-, -: parte 2 :- y -: parte 3 :-.Lista de reproducción: reproducción continua, si falla puede elegir el siguiente video en la franja inferior del reproductor.Nota: para conexiones de banda ancha de alta calidad, se recomienda elegir la opción de alta calidad en caso de no estar activada de manera predeterminada. Esto se puede confirmar si el recuadro con las letras HQ de la esquina inferior del reproductor de YouTube aparecen en gris (desactivada) o rojo (activada).{/tabs}

Miguel Ruibal

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De exilios E-mail
Escrito por Jorge Belarmino Fernández Tomás   
Domingo, 22 de Marzo de 2009 00:00
Puente de Hierro de Belchite (Zaragoza)
Treinta años vivió en México Luís Cardoza y Aragón abrazado al árbol de su infancia, en el centro del jardín familiar de un barrio de La Antigua, que el exilio dejó tras una barrera infranqueable. Al regresar al fin, el árbol había desparecido, con la calle, que era una irreconocible otra. No se levantaría jamás de una muerte que hacía vacilar en la nada los treinta años.

Para entonces Pablo Neruda había escrito muy lejos de casa:
contaré que en la ciudad viví
en cierta calle...
No se podía ir y venir,
Había tantas gentes...
Todo me pareció brillante...
y era sonoro.
Hace ya tiempo de esta calle,
hace ya tiempo que no escucho nada...
nostalgia la suya, que podía ignorar la calle impresa en sus compatriotas repartidos por el mundo tras 1973: vuelta silencio y dolor.

Más de tres décadas atrás Victor Serge se paseaba con su inseparable, adorado hijo por el bullicio de una noche en la Alameda Central de la ciudad de México, y entre la reposada, sonriente feria de familias se le venían una y otra vez las estampas del último en la serie de exilios que era su vida, y el reclamo de los rostros de los compañeros que quedaron en la Francia ocupada por la Alemania nazi.

Yo no sabía nada de Cardoza, de Neruda, de Serge, cuando en los 1950s crecía en aquella misma ciudad entre dos padres que no abrían la boca para hablar de la Guerra Civil española, sino cuando se trataba de aligerar el drama, y sin embargo estaban y no en la casita de dos pisos donde nos criaban. Mamá se afanaba cada mañana en recoger hasta la última mota de polvo en la sala, el comedor, lo que pomposamente llamábamos biblioteca. Me obsesionaba su estampa desdibujándose a lo fantasma. Era Penélope que no esperaba, repitiendo el rito para espantar sin éxito el recuerdo del viaje no de su hombre, sino de ella, suspendido casi al empezar.

Batía el trapo contra el brazo de un sillón, daba un paso, volvía sobre él, lo expurgaba de vuelta y se rendía, empezando a parpadear en mis ojos que no podían seguirla a la cuenca minera a diez mil kilómetros de distancia, para ofrecerse a cuidar los burros de los campesinos en domingo y dar gracias por las monedas con que pagar la función del único cine en veinte pueblos y villas alrededor. O para trepar a los destartalados camiones que harían la excitante ruta de los mítines en los cuales lucía la joven de quince años.

Mamá se adelantaba treinta años al Humberto Costantini que miraba por la ventana la luna mexicana, “chanta”, mentirosa, porque la de verdad no había salido de Buenos Aires, como él casi justo en el momento en que ella, mi madre, hacía las maletas para volver a la España sin Franco y ser de nuevo de carne y hueso, otra vez mitin tras mitin, para con su adolescencia refrescar al maltrecho partido en en cual se había convertido el suyo... y recibir de tarde en tarde la visita de los hijos, a quienes veladamente miraba con extrañeza: ¿de dónde habrán salido?

¿Pero qué tan sí misma era también ella, regresando sin regresar? El país que había dejado y en el cual anduvo transterrada mucho más años que en el real, apenas y se reconocía en el de 1976. Un poco antes Alejo Carpentier cuestionaba el lugar común nacido entre el boom de la literatura latinoamericana, que rezaba: marcharse es la mejor manera de ver el lugar de origen. Roberto González Echevarría revisaría luego la crítica de Carpentier a través de la serie de artículos de éste, La Habana Vista por un Turista Cubano. González Echeverría decía de este paseo imaginario:

"Los exiliados de Carpentier habitan un ámbito atemporal -una suerte de estado de suspensión- y procuran regresar al hogar o patria perdidos mediante dos actividades íntimamente relacionadas: el amor y la lectura. Lejos de la patria, del idioma propio, los exiliados de Carpentier reifican la lengua materna, la petrifican. La lengua materna muere en el momento en que el exiliado parte y deja de escucharla. Para preservarla en el exilio, el exiliado lee morosamente, acariciando las palabras como si fueran un cadáver que podria ser devuelto a la vida mediante una suerte de conjuro, ritual. Con esta práctica el exiliado, espera recuperar su ser original y despojarse de su nueva y extraña identidad, que se ha convertido en un código mudo que no le pertenece, un cuerpo petrificado, carente de voz..."

Al volver, pues, mi madre se movía entre las sepulturas donde habitaba la España que recreó durante treinta y ocho años de sus sesenta años de vida, y entraba en un nuevo limbo, en el cual debía reinventarse. Tal vez también por eso, y no sólo por el extrañamiento de sus miradas, que a los hijos nos hacía vacilar sobre el suelo, mis encuentros con ella resultaban en grandes grescas. Eran de fantasma a fantasma.

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