Territorio en común :-: Postales del recuerdo :-: Tercer paraje de los días sin nombre
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De este lado del mar

{tab=Presentación}DE ESTE LADO DEL MAR recoge varias historias de una sola historia …la mia. He ido colectando datos para hacerme una idea de esta historia en la cabeza que después se ha ido transformando en un vi-deo que a veces no tiene mucho que ver con la realidad pero si con lo que yo me imagino de esa realidad, porque para mi ha sido una gran carencia la falta de anécdotas familiares y de conocimiento de los antepasados.Información adicional sobre este documental en este enlace.{tab=Quicktime}Versión Quicktime, duración aproximada de 30 minutos.Ver video QuicktimeNota: se recomienda esperar a que cargue el video completo para no interrumpir su reproducción.{tab=YouTube}Versión YouTube, duración aproximada de cada segmento de 10 minutos, total de 30 minutos.Videos individueles: -: parte 1 :-, -: parte 2 :- y -: parte 3 :-.Lista de reproducción: reproducción continua, si falla puede elegir el siguiente video en la franja inferior del reproductor.Nota: para conexiones de banda ancha de alta calidad, se recomienda elegir la opción de alta calidad en caso de no estar activada de manera predeterminada. Esto se puede confirmar si el recuadro con las letras HQ de la esquina inferior del reproductor de YouTube aparecen en gris (desactivada) o rojo (activada).{/tabs}

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Tercer paraje de los días sin nombre E-mail
Escrito por Natalia González Gottdiener   
Jueves, 26 de Marzo de 2009 00:00
Natalia González Gottdiener
Fuente:
Paraje de los días sin nombre

A Luis Eduardo

No se trata de no recordar, sino de que no se quiera. ¿Y si acaso este fuera aquel país dibujado en los libros, aquél que quedó en ruinas tras morir su dibujante? ¡A quién le importan hoy las historias con final feliz! La videncia es cosa del pasado...

Cuando era niña los trolebuses eran un granizado hecho con fruta que comía en Mérida. Mucho tiempo después fui a La Reina de Montejo a tomar un trolebús como quien quiere recobrar un sabor lejano. Es bello descubrir que el gusto de la infancia no siempre muda con la edad. Alguna vez estando en Colombia le preguntaron a un mexicano si seguía habiendo trolebuses. Aquel hombre dijo que no. Yo expresé lo contrario pero siempre es más fácil creerle al otro, al que le preguntaste, igual y por el hecho de haberle confiado una posible respuesta. Ese día caí en la cuenta de que nunca me había subido a uno, sólo los había visto pasar y perderse entre el resto de los coches y camiones "comunes". Finalmente lo que había defendido aquel hombre en Colombia era cierto —existen, pero no tienen un lugar propio en la ciudad. Supuestamente deberían tener un canal de circulación propio, sin que ningún otro vehículo pase por donde pasa, y no es así. El trolebús eléctrico se ha perdido entre las ruedas.

Ahora tenía una nueva curiosidad: conocía el sabor de un trolebús, pero no sabía lo que era viajar en él. No son las mismas imágenes internas las que se dan en el metro, a las del camión, a las del metrobús, a las del tren ligero, a las del trolebus. Aún no conozco el suburbano. Quizá haya más similitud en los tres primeros, pero el tren ligero y el trolebús son especiales. Cuando aún no había subido a un trolebús en mi vida quería subirme a uno. La idea me causaba una emoción singular, mayor que la de subirme a cualquier juego mecánico en la feria. Ocurría que mi ruta no coincidía con la del trolebús. Mucho tiempo después comencé a bailar, y mis clases coincidían con la ruta, pero olvidaba que aquél extraño trasporte con una correa metálica ligada a un trasformador en una extraña pero apasionada relación, tiene paradas precisas. La primera vez que subí al trolebus sentí un hormigueo en el estómago. Es el único trasporte donde haces penetrar la(s) moneda(s) en una especie de urna blanca en forma de paleta, lo que cambia tu contacto con el aparato desde ese instante. Por principio, te obliga a tener dos pesos, pues los conductores no suelen tener cambio y su labor es mirar hacia enfrente del "programador", apretar una palanquita gracias a la cual las monedas desaparecen tras la faringe de la máquina misteriosamente. Los condutores no hablan demasiado ni tienen a su canchanchán al lado como los camioneros para ir palticando de sus viejas, o a falta de canchanchán con la vieja misma. Los conductores de los troles son serios, parecen robots; finalmente te dan un seguro de viajero: un papel azul y verde que asegura tu vida mientras viajes en el dicho aparato. El más amable de los conductores te dirá que lo conserves para tu seguridad en el viaje.

En una ocasión subí a un trolebús completamente vacío. Me senté en la última fila, en el asiento de enmedio y nadie subió hasta mi bajada. Un trolebús vacío da la sensación de que se perderán los días: un esqueleto sin organismo se mueve suavemente y te ofrece un aspecto de la ciudad desde la ventana: no un recorrido sino un deslizamiento. Aquel paisaje no brinda nostalgia, sino una leve sonrisa a punto de definirse por completo. Como si esa soledad, donde de tan distante el conductor incluso es un fantasma, fuera una revelación ¿Qué pasaría si no hubiera días? ¿Si hubiera un día entre domingo y lunes? Viajar en trolebús siempre me ha dado otra perspectiva del espacio, de mis pensamientos. Es sábado. Esta vez hay mucha gente. Pienso en la forma de centrarme de alguna manera, se me ocurren ejes, planos, mi ser como el rector del espacio que no es precisamente el que rodea sino el propio. ¿Cómo ser tu propio eje? Quizá sea la electricidad la que conduce así la maquinaria de lo que ordeno. Pocos transportes son conducidos por la electricidad. Eso da cierta sensación de vuelo. Los recuerdos tarde o temprano deslizan a otra parte...

Allí, apremia el existencialismo —pienso—. Demasiado miedo al olvido, pero también a la compañía. Una caminata para encontrar lo perdido... —Quizá le hace falta dejar de preocuparse por la existencia...— Eso le dirá el exbufón, sentado en loto, tras haber agostado todas las risas ajenas, y descubrir que le hacía falta reírse a sí mismo. Entonces se volvió asceta y olvidó que habían olvidado los hombres —Río todo el día y sigo riendo—; así supo que la felicidad es reír sin saber por qué. Dejar que el río corra sin preguntarle al agua por qué.

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