La última –y la más atroz– de las dictaduras argentinas ha dejado también una huella lingüística en nuestra cultura. Como si no fuera suficiente el horror de los desaparecidos, de los torturados, de los bebés robados y del saqueo económico, hay un legado más sutil, infiltrado en el lenguaje; las palabras
subversión y
subversivo resultan impronunciables. Son palabras que en el léxico cotidiano, así como en el político y el periodístico, únicamente remiten a la denotación sesgada de la dictadura: el subversivo es un delincuente que debe ser exterminado, y junto con él todos los que se le parecen por adhesión, por afinidad de lectura, por omisión, por indiferencia, por estar involuntariamente en la línea de fuego o por representar algún obstáculo, real o supuesto, a la acción predadora del estado terrorista.
A casi 25 años de la aún frágil democracia, esa impronta semántica parece perdurar: la noción de subversión sólo remite al anatema dictatorial. Sirve, incluso, para darle cierta textura a falacias jurídicas, históricas y morales como la llamada “teoría de los dos demonios”, aunque no es éste el asunto que me ocupa aquí. Sí me ocupa que, en resumidas cuentas, subversión resulta en nuestro medio una palabra regalada a la reacción…o al miedo.
No había pensado seriamente en esta cuestión hasta que me topé con la noticia de que el filósofo francés André Glucksmann y su hijo Raphaël acaban de publicar “Mayo del 68, por la subversión permanente”. No leí el libro aún, sólo algunos extractos y comentarios del propio Raphaël Glucksmann, periodista y fundador de la Asociación Estudios sin Fronteras, pero el título mismo me disparó esta reflexión.
Subversión es un concepto superior y anterior al asalto al poder, al empleo de la violencia revolucionaria, e incluso más amplio, tal vez, que la idea de una militancia cultural contestataria y crítica, inteligentemente acuñada por Antonio Gramsci. Subversión es, primero, la enérgica puesta en cuestión de los paradigmas dominantes. Y con ello, la rebelión contra las tres formas básicas –en general juntas y combinadas– que instrumentan ese dominio: El autoritarismo, el dogmatismo, y la tradición como única fuente legítima de verdad.
El autoritarismo puede estar presente en el discurso institucional y las políticas públicas aún en los estados democráticos, no es patrimonio de las dictaduras militares ni de las dictaduras de partido. Las políticas de seguridad interior –desde el espionaje hasta el gatillo fácil-, el uso abusivo de mayorías automáticas en las legislaturas y en el poder judicial, la expulsión de inmigrantes, la tolerancia o pasividad ante distintas formas de discriminación, son apenas algunos entre los muchos rostros del autoritarismo.
El dogmatismo y la tradición no sólo habitan en el poder formal y en la religión del Estado, sino también en las burocracias, en las universidades, en los medios de información, en las artes y los espectáculos, en la salud pública y el ejercicio de la medicina, en las políticas de salud reproductiva, en las doctrinas y prácticas del derecho y la magistratura, en el comportamiento espontáneo –especialmente en las formas más individualistas e insolidarias– de los ciudadanos. A veces los dogmas son dominantes en algunos de estos espacios públicos, y otras veces permanecen en estado larval, pero, en todo caso, resulta significativo que ante la irrupción de algún fenómeno amenazante o peligroso, las visiones más reaccionarias brotan como una urticaria en las pieles de quienes se mostraban más progresistas.
Ser subversivo, hoy, es –siguiendo a los Glucksmann– una actitud mental, una conciencia crítica y una convicción contra el autoritarismo y sus fuentes argumentales y también, agrego yo, contra todas las formas de exclusión. Ser subversivo es demandar incesantemente más democracia, más transparencia, más rigor científico e histórico en los debates, más justicia real y efectiva, más solidaridad, más pluralidad, más compromiso social y ambiental.
Se puede y se debe –porque es lícito y también inevitable– adoptar una actitud subversiva en la investigación científica, histórica y antropológica, en la reconstrucción de la memoria, en el arte y la poesía, entendiendo a la vez que tal actitud no es una etiqueta, una mera connotación adjetiva de la acción, una bandería grupal, sino un compromiso sustantivo con lo que Paulo Freire llamó
hominización. En tal sentido, sólo una convicción subversiva abrirá la posibilidad a cada humano de salir de su condición de objeto para elevarse a la de sujeto.
Vale considerar, pari passu, el dato de que hoy sólo son vistos como subversivos, en muchas partes, los activistas antisistema. Convengamos en que no lo son; por el contrario, esas minorías violentas, desde su propia defensa de una visión única y dogmática y desde su rechazo a todo pensamiento que no sea el propio, son reaccionarias. Me permito agregar a esta reflexión –incompleta y apenas insinuada- un párrafo de Edgar Morin (1969) en el que convoca a “oponer resistencia a los falsos mesías, vivir el tiempo de la larga andadura…, pero vivir también esos fugaces éxtasis de la Historia, instantes de
liberación inolvidables…torbellinos de fraternidad, de libertad y de comunicación”
Eddie Abramovich

Comentarios
Me ha gustado mucho tu escrito. Más en estos tiempos de epidemias y teorías de conspiración que resultan sólo de dos posiciones encontradas, como si nuestro mundo cotidiano tuviera la limitación de dos facetas. Me agrada verme reflejada en la actitud subversiva que describes, deseosa de ampliar criterios, provocar cambios, argumentar los anhelos... alejada, a la vez, de los reaccionarios que más de una vez resultan "más papistas que el papa". Que daño hacen autoritarismo, dogmatismo y reaccionarios al negarse a ampliar visiones y dar por descontado, en automático, cualquier postura ajena a ellos. Espero seguir leyéndote. Gracias!
Bueno es recordarlo. Limpiar la memoria de las palabras. Retomarlas y lanzarlas de nuevo a la calle como candiles en la penumbra.
Y, las que anden ya irremediablemen te perdidas por el abuso de los poderes -incluído el de la mayoría- sustituirlas por nuevas o más remotas palabras no contaminadas. Invención del lenguaje, subversión al cabo.